Ya es otra vez 26 de febrero y, como cada año, un tsunami de sentimientos arrasa toda mi realidad para recordarme quién soy y de dónde vengo, para recordarme quién es mi padre y el privilegio que eso ha supuesto. Me digo a mi mismo que mientras él viva en mi memoria nunca morirá, y entonces me pongo a repasar algunos vídeos, unos cuantos cientos de fotos y miles de correos electrónicos que aún conservo como oro en paño –una expresión que le encantaba. Pero en este repaso anual de su historia, de nuestra historia, hoy el prisma ha sido otro, todo se ha movido –¿O seré yo el que no está donde antes?.
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Los recuerdos saltan en mi memoria como una de esas películas en las que al final no sabes si estás en 1987 o en el 2049. Viajes, juegos de mesa, la redacción de Vasco Press, los bollos de mantequilla, Burguer King los viernes, los periódicos por toda la casa, las veces –pocas– que se bañaba en la piscina de Arturo Soria o las marchas de Semana Santa en el coche camino de Sevilla. Recuerdo el día que me ayudó a afeitarme por primera vez con espuma y cuchilla, o cuando me explicó lo que era una verónica –al menos una de las veces, porque era de asentar los conceptos, sobre todo los taurinos–. A decir verdad, me enseñó las cosas más importantes de la vida.
Durante años –no soy capaz de decir cuántos–, mi padre me enseñó a escribir bien corrigiendo todos los textos importantes que debían salir de mis manos. Y no es que escribiera mal o tuviera grandes dudas ortográficas o gramaticales, es que aprendía algo nuevo con cada revisión. Una palabra, una expresión barroca o algún símil taurino: con muy poco, lo cambiaba todo. Esa era su magia. Y si al final resulta cierto eso de que quién escribe bien piensa bien, tendré que agradecer mucho más que nuestras discusiones por el uso del punto y coma.
También aprendí, sin que nunca me lo hubiera explicado directamente, que uno debe vivir acorde a sus valores y que esos valores no pueden cambiarse en función de cómo sople el viento. Uno debe ser quien quiere ser, y no el que los demás quieren que sea –aunque ahora me gustaría ser un poco menos yo y un poco más él. Ese fue su gran ejemplo: vivir acorde a sus valores, sin importar lo que pensaran los demás, sin adaptar sus creencias a sus intereses, sin hacer más cómodo aquello que sencillamente era lo correcto. Nunca me dio una gran charla sobre el tema, nunca me explicó qué valores debía tener o cómo mejorar en ellos, jamás le –me– hizo falta.
Pero la gran lección, el mayor regalo, fue aprender a querer. A querer a mis amigos como él quiso a los suyos, sin calendarios ni contabilidad. A querer a toda mi familia como él quiso a la suya, sin edulcorantes ni memoria, con los brazos siempre bien abiertos. A querer a mi mujer como él quiso a mi madre toda su vida –es decir, con todos sus defectos, por nervioso que le pusieran.
Y es ahora, más de seis meses después de haber sido padre, tras una noche sin apenas dormir, mientras consuelo –agotado– al pequeño Iñigo de madrugada, cuando veo nítidamente el capítulo más importante: querer a mi hijo como él quiso a cada uno de sus cuatro hijos. Y resulta en parte vertiginoso y en parte aterrador pues no he conocido un amor más grande que el que he vivido en la casa de mis padres, estuviera donde estuviera, desde el primer día que recuerdo hasta el último. Y eso… eso sí que es un listón bien alto.
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Es otra vez el 26 de febrero, pero esta vez es diferente. Hoy no voy a llorar. Hoy voy a hablarle a mi hijo de su abuelo con una gran sonrisa. Y así, recordando su ejemplo y sus lecciones, quizá consiga que un día mi hijo recuerde a su padre como yo lo hago con el mío.
Te quiero, papá.



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