Tengo unas viejas botas de fútbol en una estantería de mi casa, dudo que limpias. Hace poco, en una de las contadas visitas que recibo –es una cuestión de espacio y yo no soy ningún gigante– me preguntaron por ellas y la melancolía me pudo…
«Iñigo ¿qué haces con eso ahí?«
Fue una temporada dura. Yo había entrado en el equipo de fútbol de la empresa cuando ya se habían jugado algunos partidos y los resultados hasta el momento habían sido aceptables.
Recuerdo mi primer partido. Mi principal preocupación fue no hacer el ridículo, o al menos no lo suficiente como para arrepentirme de por vida de dármelas de futbolista. Y no, no fue un fracaso, me aguantaron tres años más en el equipo. Llegué tarde para empezar con buen pie con mis nuevos compañeros y, lógicamente, empecé en el banquillo. Desde el banco le dije a Álvaro, el «mister/capitán», que yo jugaba de defensa, de central, de destructor. El mister se giró y sin decir ni media palabra me dejó claro que, para empezar, era un gilipollas y que de jugar ya veríamos según se diera el partido.
No puedo decir que mi fuerte sea la habilidad con el balón, más bien lo contrario, sin él, por lo que las probabilidades de una cagada épica se incrementan cada diez pasos. Lo de hacer caños, pisar la pelota y ponerla en la escuadra nunca fue lo mío para desgracia del capitán, que hiperventilaba cada vez que cogía la pelota. No era cuestión de talento, que no nunca lo he tenido, es que siempre se me dio mejor el trabajo destructivo. Todo un poco Shumpeteriano, destruir para volver a construir, aunque de eso se encargaran otros.
Me dieron el pase casi al final de la primera parte y me puse en un lateral de la defensa, el derecho. Encendí el posteriormente conocido como «modo pitbull» y todos mis actos empezaron a regirse por una única norma: o balón o jugador, ambos juntos jamás. No era solo el partido, que también, estaba en juego mi reputación entre los compañeros –porque allí mujeres ni una–. Para mi sorpresa salió bien, empatamos pero no la lié, y mi nominación a la expulsión del equipo, comentario positivo del mister mediante, se pospondría una semana más. Gracias Cannavaro, maestro de maestros.
Camino al McDonalds
La liga avanzó y las victorias llegaron, algunas de ellas fueron verdaderas batallas épicas donde no faltó ni la sangre. Nuestra gran temporada se vio recompensada con una lucha a vida o muerte por el campeonato: siendo nosotros primeros con los mismos puntos que los segundos, tuvimos la oportunidad de medirnos a estos para disputarnos el primer puesto (una liga preliminar).
El partido fue duro, ambos aspirábamos a lo mismo y ya habían saltado chispas en el partido de ida. Hubo goles, patadas, insultos, tarjetas pero nosotros jugamos como nunca. Íbamos empate a uno a falta de pocos minutos para el final. El cansancio y las ganas hacían del partido una batalla campal en la que podía ganar –y morir– cualquiera. Nuestro portero, César, me decía auténticas barbaridades por la espalda en busca de mi faceta más animal, casi parecía vasco. No llegaríamos vivos a la prórroga, no era una opción y nuestro deber era luchar hasta el final.
Estábamos bastante cerrados atrás, no podíamos dejar que pasar a nadie. En un lance del juego, supongo que huyendo de nuestro psicótico portero, me crucé en la trayectoria de la pelota y de mis pies –o mis tibias– salió un rechace que fue a parar directamente a nuestro jugador más desequilibrante, Willy. Este hizo un movimiento rápido y sacó de la manga un disparo seco, raso y colocado que destrozó al rival y nos catapultó a la gloria. Nuestro crack, a pesar de que usaba gomas para la cabeza al más puro estilo Guti, nos puso por delante en el marcador y nos permitió terminar el año como líderes del campeonato, un éxito impensable dos meses atrás.
Diez niños alrededor una piñata serían mucho más maduros que nosotros en la celebración. Hicimos una piña, que así dicho parece una estupidez pero si lo piensan bien, si pueden imaginar todos y cada uno de los jugadores no profesionales de un equipo de fútbol-7, no es tanta tontería. Baste decir que la forma física no era nuestro fuerte. La prudencia tampoco. No recuerdo quién acabó debajo de ocho o diez tíos sudados, pasaditos de peso en el mejor de los casos y totalmente fuera de sus casillas, pero sí sé que aquella noche no murió nadie ni dentro ni fuera del campo, y me doy con un canto en los dientes.
Como suele pasar tras una hora de deporte intenso a las nueve de la noche, el hambre llamó a nuestros estómagos y ya que teníamos que coger el coche para volver a casa, decidimos parar en un McDonalds que nos cogía «de camino» de no habernos perdido. Como mínimo cayeron dos hamburguesas, algún entrante clásico y un postre. Y hace mucho que una hamburguesa no me sabe igual. Pero claro, no era hamburguesa lo que comíamos, era la victoria y a victoria supo.
Aquella piña no pudo ser lo mismo sin Guillermo D, Enrique, Javier A, Javier J, y Javier M, Manuel y Miguel. Además de Álvaro, el «Mister», Guillermo «Willy» S. y César, nuestro portero.
PD.- A ellos, a aquellos guerreros, va dedicado esta historia.



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