
Foto: Patio de los Naranjos. Iñigo Petit.
(Disculpen posibles faltas de ortografía, escribo con el móvil)
Hace años, cuando vine por primera vez a una Semana Santa sevillana, mi padre me contó muchísimas historias de su infancia. De hecho, lo hacía continuamente, a todas horas, e historia tras historia consiguió que nos quedáramos con algo. Al año siguiente sucedió lo mismo. Podíamos recorrer todo Sevilla encadenando una historia tras otra, siempre había algo que contar, ya fuera un recuerdo o pura historia, mi padre ya estuvo allí durante su infancia o, en su defecto, conocía toda la historia del lugar en cuestión.
Durante aquellos primeros años, lo que más nos gustó a los entonces niños fueron sus recuerdos de infancia en la Plaza de San Lorenzo, muy cerca de donde mi padre nació y creció. Imaginarle subido a una farola para no volver a casa, haciendo de portero de su equipo de amigos entre dos farolas metálicas o tirando los zapatos de los domingos lo más lejos que pudiera fue algo impactante. Supongo que entonces creíamos que había nacido ya mayor, con el pelo blanco, escuchando más que hablando y tomándose esas eternas pausas cada vez que lo hacía. Éramos niños.
Durante los años siguientes -diez por lo menos- la rutina continuó. No había calle sin historia ni fecha sin recuerdo: la mejor conclusión siempre fue que nuestro padre nunca perdería la memoria, y que si perdía un poquito tampoco pasaba tanto. Nuestra mayor diversión durante nuestros años pavos era adelantarnos a la anécdota de turno. «Mira papá, aquí jugabas al fútbol, y aquí estaba tu antiguo colegio, y allí la tienda de caramelos, y allí el colegio de las tías». Nuestra intención, evidentemente, era que no nos volviera a contar lo mismo que el año anterior, pero no obtuvimos éxito alguno. Conscientes de nuestra eterna condena y como buenos cuatro varones que somos, decidimos tirar de pragmatismo: ya que no podíamos detener el bucle, nos reiríamos con él. A partir de entonces todo fue a peor. Por gracia o por desgracia, según la edad en que me lo pregunten, mi padre tiene mucho pelo y ninguno de tonto. Se dio cuenta del cambio de estrategia antes de haberla puesto en marcha y como quien se da un golpe en la cabeza y empieza a recordar cosas, las historia se ampliaron hasta el sexto o séptimo grado de consanguinidad, abarcando medio Sevilla claro, porque son nueve hermanos. La situación era insostenible. Sabíamos lo que diría antes de que empezara a hablar y, con los años, hasta hemos llegado a diferenciar quiénes son familia directa y quienes no. Pero nada le detuvo, nada le hizo recular y nosotros seguimos echando leña al fuego desde entonces. Éramos -somos- adolescentes.
Ya todos mayorcitos, quizá se pueda decir jóvenes, seguimos viniendo a Sevilla cada Semana Santa, seguimos visitando puntualmente a Nuestra Madre para que no se sienta tan sola, seguimos comiendo todos los Viernes Santo en un buen sitio, todos muy elegantes, seguimos luchando contra la muchedumbre para Verlo un poco más cerca, siempre un poco más cerca. Nosotros ya tenemos barba y recuerdos propios. Hemos venido a Feria, en Navidad, en verano y en todo tipo de fechas sin relevancia pública y ya acumulamos fechorías, éxitos y funerales: Sevilla es nuestra casa. Mi padre ya no llega sin voz a la hora de dormir aunque nos seguimos metiendo con él como si lo hiciera. Ya no cuenta historias sin ton ni son, no nos hace un plano de cuatro manzanas para comprar el periódico ni nos obliga a quedarnos en casa cuando pegan los 40 grados sobre el adoquín hispalense. Ahora espera a que le preguntemos, nos pide que le guiemos y nos manda a hacer puñetas si queremos salir con el infierno sobre nuestras cabezas y, si acaso, nos recomienda un abanico.
Han pasado los años y no echo de menos las historias pero sí a mi padre -supongo que vivir fuera de casa es lo que tiene, incluso aunque sean solo cuatro manzanas de distancia. Y cada Semana Santa es una oportunidad para recuperar nuestras historias, nuestra historia, para reírnos de nosotros mismos, para recordar la importancia de pasar tiempo juntos. Ahora entiendo porqué mi padre no desistía: porque sus historias son también las mías y porque su ciudad es también mía. Ahora entiendo que algún día le contaré a mi hijo que jugué aquí, en la Plaza de San Lorenzo, cuando fui niño, que sus tíos Borja, Álvaro y Guillermo ya eran como Zipi y Zape, que su abuela se ponía mantilla en Jueves Santo y que «tu abuelo me contó…»
Ahora entiendo que cuando un hijo llama pesado a su padre en realidad esta diciendo: «gracias, te quiero». Y es también ahora, casi en la treintena y más de quince años después desde que nos contara por primera vez la historia del Archivo de Indias, cuando entiendo porqué volvemos y porqué quiero seguir haciéndolo muchos, muchos años.
¡Pesado!
0 comentarios