Hay ciertos días al año en los que el «trabajo» pendiente se acumula, son días especiales por alguna razón más o menos racional como un cumpleaños, el día de Año Nuevo, Navidad. A mí también me ha pasado en momentos aleatorios como un viaje en familia o con amigos, un domingo en el sofá o al salir del trabajo. De repente piensas en todo lo que no has hecho hasta ese día, hasta ese momento, todo aquello que te habías propuesto y que sin embargo has olvidado por completo. La lista se alarga por segundos hasta que dejas de ver el final. Es como si no hubieras hecho nada de nada y sin embargo estás exhausto, agotado, muerto.
Está claro, hay gente de «día a día» y gente de «todo para el último momento».
Desde mi adolescencia y durante mi época universitaria, hace no mucho, nunca fui capaz de estudiar poco a poco, día a día, con pequeños esfuerzos periódicos para minimizar la carga de materia, aprovechar más las clases y hacer los días previos a un examen, días de repaso. Es exactamente lo que les recomiendo a todos mis alumnos como sistema infalible para aprobar cualquier cosa, porque es así, pero sé bien que no es para todos.
Como es lógico, siempre tuve mucho que estudiar la semana anterior a los exámenes. El número de horas de estudio necesarias para el aprobado ramplón excedía por mucho al total de horas disponibles incluyendo las de sueño y fue entonces, y con los repóker de suspensos, cuando desarrollé la capacidad de estudiar por encima, de sacar lo importante, memorizar todo aquello que tenía posibilidades de caer en un examen. Y nunca, nunca, nunca, miraba la altura del montón de apuntes o el grosor del libro, simplemente empezaba y… Estudio extremo, in the limit.
Con el tiempo te das cuenta de que no eran los estudios, de que el profesor no tiene la culpa de que no sepas la respuesta a su pregunta y que las preguntas a pillar son una excusa malísima elevada a mito del que todos y cada uno de los miembros del cuerpo docente se ríen sin piedad en la cafetería. Te das cuenta de que esta vez no hay excusa, no hay causa, te das cuenta de que eres tú y tu forma de ser.
Al final, como en la universidad, apenas hay tiempo para enmendar alguno de esos olvidos en el plazo que tenemos o nos damos para empezar otra vez de cero, toca escoger, discriminar, decidir que sí y que no merece la atención y el esfuerzo de los días siguientes. Y no es fácil. Porque ni escribir un mail a un amigo al que no ves desde hace años es lo mismo que pasar de «Introducción a la Dirección de Recursos Humanos», ni quedar con todos los amigos más queridos es lo mismo que despreocuparse de la «Doble Imposición Internacional». El trabajo y las aficiones se comen el tiempo sin cubiertos y apenas dejan nada para otras cosas, normalmente con nombre y apellidos. No hay tiempo y toca elegir, y se hará cierto aquello de que «los propósitos para el próximo año son los incumplimientos de éste». El problema está en aplicar las soluciones de siempre a los problemas de siempre, esperando un truco de magia que lo convierta todo en un conejo.
Propónganse no dejarlo todo para el final o hagan balance más a menudo. Otra forma de estudio es posible, hagan de los días previos, días de repaso. Vivirán más tranquilos y sacarán mejores notas.



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