Hace ya más de 15 años de mi salida de la universidad pero el paso del tiempo no me ha hecho perder memoria. Estudiar en horario de tarde –fui de esos afortunados– tiene sus propias vicisitudes: empiezas las clases a las 15:00 y terminas a las 21:00, un horario que no favorece los mejores hábitos en jóvenes hormonados. Terminar de noche induce, por definición, a una vida de nocturnidad, una vida de copas antes de cenar, una vida de programas late nights y NBA… en definitiva, una vida vivida mientras el resto descansan de ella.
Haciendo memoria, por aquel entonces era más probable que respondiera al teléfono a las 2 de la madrugada que a las 10 de la mañana o que acertara con más facilidad cualquier pregunta sobre series americanas que sobre la actualidad de España. En ese tiempo podría haber recomendado 9 o 10 restaurantes en Madrid con cocina 24 horas –aunque no es 24h, el Canoe merece una mención especial– o la mejor biblioteca nocturna de la ciudad –la de la Autónoma–, entre otros emplazamiento clave de la noche madrileña. Y, por supuesto, podría haber ayudado a cualquier turista o borracho a recorrerse la capital únicamente haciendo uso de las líneas de autobús nocturnas.
Esta rutina infernal cambio por completo los conceptos de día y noche: el primero agrupaba todo lo que sucedía después de la universidad –incluso aunque fuera ya noche cerrada– y el segundo todo lo demás. Las 23:00 era la hora de cenar y ponerse una peli. La 1:00 era el momento de ver alguna serie o dedicarle tiempo a los videojuegos, una actividad que podía extenderse muchas horas fuera del periodo de exámenes. A partir de ahí, todo era posible, sobre todo de miércoles en adelante: antes, las 3:30 era una hora perfecta para tomar una copa, para una partida de Age of Empires IV o para comerme unos macarrones con chorizo según el contexto.
Han pasado más de quince años y hace dos meses que soy padre de un niño de «alta demanda» como dice el observador del pediatra y he vuelto al horario de tarde, pero que muy tarde. Ahora, las 3:30 es la hora en la que mi hijo decide despertarme de un susto y llorar desconsolado pidiendo comida como si fuera a negársela y me encuentro con una cocina desastrosa –prácticamente universitaria pero cambiando cervezas por tazas de café–, con 5,5 kilos de excitación y apetito en brazos y sin biberones esterilizados ni espacio en la encimera. Solo el leve mareo fruto del cansancio y el abrupto despertar podría evocar aquellos felices tiempos de katxis y parques en mi memoria, pero tampoco: solo pienso en volver a la cama.
A pesar de todas las inclemencias consigo preparar el biberón y, arrastrado como un trapo, voy a duras penas de la cocina al sillón mientras escucho por la ventana la intrascendente conversación de dos jóvenes sobre el perfil de Instagram de una compañera de clase. El tono y el volumen de su charla transmiten alegría: a los dos le gusta mucho la chica. Se nota que son dos jóvenes felices –seguramente con horario de tarde, obviamente– que un miércoles cualquiera vuelven a casa después de una noche de risas y colegas. Sin darse cuenta, por el camino me recuerdan lo buenas que estaban las croquetas de boletus del Canoe y lo poco que sabía de la vida en aquellos años.
Y mientras termino de darle el biberón a mi hijo, ya pasadas las 4:00, no dejo de preguntarme: ¿qué cojones hacen estos chavales que no duermen ahora que pueden? ¿Será que tienen horario de mañana?



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