«Cuando todo te parece una mierda, y a lo mejor lo es, o no hallas refugio contra tus fantasmas, o cuando en casa hay demasiado ruido, incluso demasiado silencio, pero necesitas seguir escribiendo, siempre te queda el bar. De hecho, mientras haya infierno y bares cerca, hay esperanza. Nada está bastante perdido si todavía puedes dar un portazo, irte de casa y bajar al café»
Juan Tallón
Los bares de toda la vida son el reducto de lo que fuimos, una reliquia de una sociedad de barrios, la misma que ha tenido que adaptarse a internet, la misma cuya diversión no estaba en una red social, la misma que llamaba a casa, preguntaba por alguien mediante su apodo y le respondían: «perdona, ¿te refieres a José María no?»
Es curioso que cuando alguien dice tener un bar nunca imaginamos el típico sitio moderno, blanco y negro, de empleados con corbata y delantal que bien podrían ser modelos, con música chillout y croissant relleno de queso gruyere fundido y auténtica bresaola, recubierto con una bechamel ecológica y un topping de mozzarella de bufala fresca gratinada. No. Siempre pensamos en un sitio pequeño, tranquilo, ciertamente familiar, con carteles escritos con tiza y abierto desde las 6 de la mañana. Habitualmente lo regenta un solo camarero que trabaja muy por encima de sus posibilidades y al que sin embargo jamás se le olvida el vaso de agua. Un sitio de café grande y barrita con tomate, un sitio de Marca y AS en el que siempre te saludan por tu nombre, te ponen un poco más en cada ración y de vez en cuando te invitan a una caña.
Tener un bar es sinónimo de vivir cohibido, solo o demasiado ocupado para prepararse un desayuno en condiciones. Las personas que acuden asiduamente al mismo bar no quieren una cerveza o un desayuno, quieren una dosis de si mismos. Es allí, en ese templo de la sinceridad, el consumo y las conversaciones con desconocidos-de-toda-la-vida, donde damos rienda suelta a nuestro yo más interior, ese yo que se caga en los políticos, insulta a los deportistas y maldice a los terroristas. Y lo hace sin filtro, sin la mordaza de lo políticamente correcto.
Escribir en un bar es también un fenómeno curioso. El texto, leído por su autor, o alguno de sus acérrimos seguidores, queda significativamente afectado por el entorno en el que nace. Puede que sólo sea un personaje pasado de vueltas, puede que sólo sea una frase de mal gusto, fuera de contexto y con el único propósito de llamar la atención pero algo siempre queda. Quién pudiera incluir en un texto el olor del café recién hecho, las migas de pan quemándose en el fondo de la tostadora o el zumo de naranja recién exprimido y el intangible de saber que no hay que limpiar nada.
Recuerdo a un tipo que durante dos semanas desayunó un café con leche, una barrita con tomate y jamón serrano, un zumo de naranja, dos o tres vasos de agua y un par de lingotazos de whisky, pacharán o cualquier licor. A continuación, pedía una tercera copa y salía a las mesas de fuera a encenderse un gran puro que se fumaba tranquilamente mientras repasaba la prensa deportiva. Así, todos y cada uno de los días.
Estas cosas solo pasan en un bar, en nuestro bar. En el mío, además, por cada diez desayunos me invitan a uno. Una oferta, sin duda, difícil de rechazar. Toma nota Vips.
Actualización (27/01/2013 20:56): En mi caso, vivo solo y no tengo Nespresso.



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